coeficiente

Vista de pájaro de rascacielos de Changsha, China, y el río Xiang, desde una habitación alta de hotel.
Changsha y río Xiang, septiembre 2018.

Hay hoy una distancia enorme entre lo que la gente piensa de verdad y lo que dice en público o incluso en privado. Lo escribía en un tweet hace casi un año el teólogo John Milbank, pero lo podríamos haber leído en muchos otros sitios. No tardaron en llegar a la conversación comentarios sobre el eso ha sido siempre así. Como la cita de Alexis de Tocqueville cuando dice en The Power of the Majority over Thought, alrededor de 1835: “… la mayoría crea un círculo poderoso en torno al pensamiento. Dentro de esos límites, el escritor es libre; pero la infelicidad lo espera si decide traspasarlos, (…) se convierte en el blanco de todo tipo de mortificaciones y persecuciones diarias.

(…) Antes de publicar sus opiniones, creía que tenía aliados, pero ahora le parece que ya no tiene ninguno después de confesarse ante todos; los que lo culpan se expresan abiertamente mientras que los que piensan como él, sin tener su valentía, guardan silencio y se dan la vuelta. Se rinde, al final cae vencido bajo el esfuerzo de cada día y vuelve al silencio como si sintiera remordimientos por haber dicho la verdad”.

Milbank escribía ese tweet en el contexto de muchos otros en que denuncia la densa, normalmente tan esperpéntica, atmósfera creada por la victim/ woke/ cancel culture, tan viva en el entorno académico británico al que él pertenece pero claramente presente mucho más allá.

Sí, siempre ha existido esa distancia entre el pensar y el decir, pero como sabemos, hoy la escala es tan diferente que el fenómeno, a fuerza de tanto crecer, acabará posiblemente dando un salto cualitativo, quién sabe hacia qué relación del humano con su pensar y hablar. Uno de los efectos más visibles de momento es el auge de movimientos de ultraderecha, tan intensamente vividos por sus seguidores como catarsis de desahogo colectivo frente a las mordazas de lo woke y fenómenos afines. Está claro que urgen otras alternativas de reacción, otro tipo de respuestas. Y también deshacer algunos malentendidos, como intentan el mismo Milbank y otros, al señalar que, en contra de lo aparente, la victim/ woke/ cancel culture no sería tanto un fenómeno de la izquierda y la justicia social, como parece de entrada, sino, en buena medida, un producto más del mercado y su comodificación de los individuos, vienen a decir, en parte porque con su promoción de tantas micro-identidades, divide por categorías y se asegura el clientelismo agradecido de las ‘minorías’, y sobre todo del individuo, tan devaluado, pues si fue la unidad relevante de atención, ya no lo es.

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Hay hoy una distancia enorme entre lo que sabemos y lo que hacemos. “Conocer es entender instintivamente la relación entre lo que sabes y lo que haces. Esa parece ser una de nuestras grandes dificultades. Nuestras acciones están vinculadas solo a franjas diminutas, estrechas, de información especializada, normalmente basadas más en una idea de la cantidad que en el conocimiento – es decir, la comprensión- del conjunto”, decía en 1997 John Ralston Saul en The Unconscious Civilization.

En la expansión extrema de esas distancias, las que separan pensar de decir, saber de hacer, late el embrión de algunas transformaciones profundas, algunas afectando las condiciones ontológicas y éticas de nuestra subjetividad, junto a un cierto sentido de la ‘nostalgia’. No la nostalgia por un espacio en que se estuvo y ya no se está, sino por el no-espacio, por un espacio que no es, la discontinuidad, la falta de continuidad entre lo que se es (se cree ser, saber, poder decir y hacer) y todo lo demás.

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En la conversación que mantuvo con Pierre Cabanne, Marcel Duchamp hablaba de otra clase de distancia, la que el creador siente entre lo que proyectó crear y lo que al final consigue hacer.

Duchamp quiso formular y nombrar esa otra ‘nostalgia’, que era al tiempo exaltación y agonía, ejercicios de lo humano yendo a su extremo, y la llamó ‘coeficiente artístico’:

…como una relación aritmética entre lo inexpresado pero intencionado y lo expresado sin intención.

Según como, podría leerse como un algoritmo ‘juicio final’ aplicado a cualquier vida humana.  Un coeficiente que se proyecta a la vida imaginada para sí, al ver cómo las vías que se empezaron a recorrer se hacen las muertas o se desvían de repente. Otra versión de ese coeficiente artístico la vivimos, de modo íntimo y microscópico, en esa distancia entre lo que deseamos decir y lo que el estado actual de nuestro lenguaje, entre territorio inefable y conversación inconsciente, nos permite expresar.

Algo de esas distancias insalvables, ‘errores de diseño’ alguien diría, algo tendrán que ver con lo que expresó Lluís Duch en Antropología de la vida cotidiana, que el humano, a diferencia de la gran mayoría de animales, es un ser que vive en un universo en el que nunca está integrado del todo. O María Zambrano, desde su razón poética, que el humano es el ser que padece su propia transcendencia, en un proceso incesante de unificación entre pasividad y conocimiento, ser y vida.

No será imposible que la experiencia de todas esas distancias, en versiones de momento más poéticas que psiquiátricas de la ansiedad, el anhelo y el vértigo, formen parte algún día de los catálogos minuciosos de la vida mental y sus dolencias.

O que se formalicen, digitalmente, como el coeficiente poético de vidas y de humanos que insisten en intentar su extremo. Brechas menos debatidas que otras más famosas, pero que quizá lleven la clave, en algún futuro, de las batallas sin nombre de las que habremos venido.